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lunes, 16 de mayo de 2011

V. El talante integrista

Para la conducta de sus adversarios no encuentra sino explicaciones simplistas: la ceguedad, la ignorancia, la mala fe. Para los enemigos exteriores del cristianismo reserva caritativamente las principales aclaraciones, al menos como regla general: son víctimas de sus prejuicios, de su ignorancia, de sus pecados que les ciegan.

Esta circunstancia atenuante no constituye, por otra parte, un motivo para tratarles con una especial indulgencia; es preciso denunciar enérgicamente el error, claro está, pero también las faltas del hombre que yerra, denuncia que puede revestir las formas del sarcasmo, de la invectiva, de la injuria, de las indiscreciones sobre la vida privada. En caso de necesidad se podrían emplear los golpes, ¿por qué no, si es la condición necesaria para vencer el error? En cuanto a sus antagonistas cristianos, les conceden el “beneficio especialísimo” de pensar que siempre obran de mala fe.

Son lobos revestidos de piel de oveja o, por lo menos, perros sarnosos: “liberales”, “modernistas”, “progresistas”, a veces lo bastante diabólicamente hábiles como para volver contra el integrista las armas de la ortodoxia misma. No hay que dejarse de ninguna manera enredar por tales subterfugios, desde el momento en que incomodan al integrista, los otros hacen el mal, aunque sean, en apariencia, tan ortodoxos como Santo Tomás de Aquino. Más pronto o más tarde, su duplicidad se revelará por una frase deslizada, una palabra desmañada, que el integrista sabrá coger por los pelos. Para él no son lapsus, sino confesiones, como el acto frustrado para el freudiano.

Es por lo que, en la discusión, el integrista es soberbio, agrio, orgulloso y a veces lacrimógeno. Orgulloso cuando ataca, porque está convencido que tiene razón y que sus ataques están fundados; agrio o lacrimógeno cuando se le replica, pues sus adversarios son malos y, en consecuencia, sus ataques son injustos. Las críticas que dirige contra los otros no hieren ni la justicia ni la caridad; pero las críticas que le dirigen a él lesionan simultáneamente la caridad y la justicia. Se compadece a sí mismo, se hace la víctima, hasta el mártir, con una auténtica sinceridad.