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lunes, 28 de marzo de 2011

III. Garantes de la ortodoxia

En esta actitud, a menudo expresada incluso por la postura del cuerpo, por la fría impasibilidad del rostro, a veces por un rictus o por una mueca colérica, por la voz seca, tajante, por el estilo categórico y de una lógica aparente, se revela el carácter principal del integrismo: la certeza interior de una perfecta ortodoxia que se refuerza fácilmente con una certeza asimismo muy fuerte del estado de gracia y de la predestinación, si se atreve a expresar conscientemente lo que siente confusamente.

Para el integrista, nada es dudoso; todo es fácil y claro. Está, según él, en el bueno, en el único camino; los que no están de acuerdo con él caminan en tinieblas. Piensa que sus ideas, sus opiniones, sus juicios, sus reacciones, sus sentimientos son los de la Iglesia, ni más ni menos.“Tiene” la verdad, en el sentido más posesivo del verbo tener, completo, integral, que da respuesta a todo. Fuera de esta verdad, que él posee, todo lo demás no es más que error o no ofrece interés.

De ahí su impaciencia desdeñosa contra los hombres que ven la realidad de manera más compleja, tachándolos de escrupulosos, débiles, “intelectuales”, meticulosos, traidores en potencia. Afirmar la complejidad de las cosas es ya pactar con el adversario. De ahí también su irritación, siempre recelosa y altanera, ante los hombres de acción, que intentan, medianamente, con arreglos o descalabros, “pegar con cola” principios absolutos y realidades relativas, acusándoles de “políticos”, “liberales”, derrotistas, “moderados”, asustadizos, espíritus indefensos, inteligencias sin doctrina y, en resumidas cuentas, traidores en potencia.

La afirmación solemne de los principios es una acción que se basta a sí misma. Cuando el integrista ha proclamado, por ejemplo, que “el error no tiene derechos” ha resuelto el problema de la tolerancia –quedando bien claro-, que el error es toda idea opuesta a la suya. Y ciertamente, el integrista está dedicado a recordar unos principios muy frecuentemente silenciados, mitigados o diluidos por otros; pero se equivoca cuando cree que este llamamiento de palabra es suficiente o cuando no ve que los principios se complementan y se limitan unos a otros.