El integrismo siempre se ha organizado secretamente. Lo mismo que la francmasonería, con la cual se encuentra emparentado, se le apercibe por sus efectos más bien que en su naturaleza íntima. Fue preciso que una casualidad revelase su existencia organizada. Desde fuera, y para quien no conozca lo que hay “bajo las cartas”, es difícil trazar el límite exacto entre el intransigente, desagradable y el auténtico integrista, entre el católico estrecho y el católico “integral” mientras que se puede sin demasiada dificultad marcar la frontera entre el “católico de extrema-izquierda” y el progresista. Lo que parece distinguir el integrista es su incapacidad para el diálogo; se le conoce por esta especie de insignia. Con un simple intransigente, el diálogo puede degenerar en discusión, en disputa, ir hasta la violencia e incluso la injuria; queda no obstante el diálogo.
Cuando dos intransigencias iguales, pero leales y verdaderamente cristianas, se enfrentan puede haber dolor infligido recíprocamente, pero sin hiel, ni odio; se verá a los antagonistas volver a considerar sus posturas, reconocer sus errores, mitigar sus golpes, puede ser que cada uno quede en sus posiciones, pero terminando sus broncas con un fuerte abrazo, se lucha, pero se estima; se refunfuña, pero entre hermanos y como dice el pueblo “esto no sale de casa”; a fin de cuentas se persigue el diálogo.
El integrista no dialoga, monologa. No reconoce sus errores ni sus faltas; siempre tiene razón. No busca persuadir, sino intimidar. No discute, condena. Habla como si tuviera autoridad, convencido de que sus propios juicios –o los de su grupito- son los juicios de la Iglesia. Es, en la acepción técnica de la palabra y sin intención peyorativa, un “sectario”, en el sentido que los sociólogos americanos dan a este vocablo: posee la certeza de tener razón y el derecho a dirigir sus exigencias contra el mundo entero. La certeza de su propia salvación, cuando todo el resto de la humanidad vaya a la perdición.
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lunes, 21 de febrero de 2011
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